Educar a vista de caracol
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Educar a vista de caracol

El sonido del despertador suena como un pistoletazo de salida que me lanza a la carrera. El tiempo adquiere más y más velocidad a medida que salto de una cosa a otro y al finalizar el día no he reparado en el color del cielo.

Esa inercia me empuja a acumular días como quien se llena el estómago de agua. Podré engañar al hambre pero no a la vitalidad. Y así, casi sin fuerzas, me bajo del autobús. El reloj me arrastra por las entrañas de Patraix. El pueblo que un día fue, se ha vestido de modernidad. El ruido y la velocidad encorsetan sus calles. Sin embargo, un dulce olor a jazmín me guía lejos del bullicio y me adentra hasta el corazón del barrio. Un lugar donde la quietud y el silencio reinan, sobre todo, delante de la escoleta infantil El Trenet.

El timbre retumba en el centro y la puerta se abre para darme la bienvenida. Vicky me saluda con una amplia sonrisa y detrás de ella, los colores y la luz del lugar me invitan a formar parte de él y es que, “la educación no es cosa de uno, sino de todos”.

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Librada, Ana y Vicky. Fotos: Eduardo Cano

Los minutos de espera me dan la oportunidad de frenar y contemplar. Sólo cuando dejo de prestar atención al minutero y me sumerjo en el aula aparecen el resto de educadoras: Ana, Librada y Vicky.

Es como si hubiesen intuido mi necesidad de ver para entender y es que, una de las frases que definen el proyecto educativo de El Trenet es: vivim el temps no l´ocupem.

“Vivir el tiempo se refiere a vivir intensamente lo que los niños quieren hacer en cada momento respetando tanto los valores como a los compañeros”, explica Ana. Para esta escuela infantil el horario no es más que una posibilidad “no tiene sentido marcar unas horas con niños tan pequeños” puedes caer en el error de interrumpir lo que están haciendo. Al “no respetar sus intereses y sus ritmos” interfieres en su formación. No debemos olvidar que “la tarea del docente es facilitar material y acompañar el aprendizaje”, explica Vicky.

Libres de tiempo y de horario la educación recupera su condición natural: la lentitud. Y en ese estado de parar y observar, El Trenet dio vida al proyecto: Patraix amb ulls d´infants.

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Foto hecha por niñ@ de dos años

 “ Todo empezó mirando caracoles”, recuerda Vicky. “Nos tumbamos en el suelo y observamos cómo se movían. Alguien se preguntó cómo nos verían a nosotros”. “Pensamos que sería bonito que les enseñáramos a los caracoles cómo vemos nosotros el mundo”.

Así, una oleada de niños de dos años con sus cámaras de fotos captaron los momentos cotidianos de Patraix. Sin embargo, hicieron mucho más. Nos enseñaron a los mayores cómo contemplan el mundo que les rodea, ya que “ellos tienen otra mirada. Se fijan en objetos o situaciones que los adultos no somos capaces de ver. Los niños ven otras cosas”, explica Ana.

Como todo lo que está vivo, el proyecto creció. Lo que empezó como un juego se convirtió en una oportunidad de aprendizaje, no tanto para los pequeños como para la comunidad. “No sólo íbamos a mostrar cómo los niños veían el barrio, sino cómo el barrio veía a los niños” señala Librada. De esta manera “se crea una unión entre la escuela, familia y barrio”. Porque cuando eres capaz de preguntarte cómo ve el otro la vida, puedes entenderlo.

Que Patraix amb ulls d´infants haya creado comunidad no es algo intencionado matiza Vicky, “la propia naturaleza de la escuela infantil lo ha provocado.” Ana recuerda el objetivo del antiguo patronato “se buscaba que cada barrio tuviera su propio centro educativo, donde se pudieran aglutinar a todos aquellos que compartían unas mismas necesidades”.

Ahí está la clave del proyecto. Los niños han sacado a la luz lo que los adultos hemos olvidado. Las escuelas infantiles no son lugares para aparcar a los pequeños, ni siquiera centros para aprender. Son espacios que crean vínculos y convierten al vecino en familia.

Al salir de El Trenet, un caracol interrumpe mis pasos. Quieta, dejo que el tiempo se deslice de mi muñeca al suelo. Levanto la cabeza y respiro hondo.
Hoy el cielo tiene color a mar.

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